domingo, 23 de abril de 2017

Reseña #46: Desconexión, Neal Shusterman

¿Os acordáis cuando hace un mes dijimos que iba a haber una entrada todos los domingos? ¿En serio os lo creísteis? A ver, que no os quiero llamar pringaos ni nada, yo entiendo que la convicción con la que lo escribimos era muy creíble, pero a estas alturas ya deberíais saber de qué pie cojeamos Be y yo (e ir pensando en regalarnos una silla de ruedas). Aunque no todo van a ser lamentos, os prometo que la espera merece la pena; después de unas cuantas lecturas más que satisfactorias ya tocaba una de decepción, así que esta entrada va de poner verde a Desconexión de Neal Shusterman.

Si los que habéis leído esta novela seguís la tendencia de la media supongo que querréis sacarme los ojos para aplastarlos muy fuerte, y es que, tras examinar a conciencia la primera página de resultados de Google, no he podido encontrar ni una mala reseña de esta lectura. Desconexión es una novela juvenil de esas que se llevan tanto ahora, narra una aventura que pretende ser intensa, con amor, violencia y hormonas, ambientada en un mundo distópico, cruel y angustioso, en el que no te gustaría vivir pero donde, sin embargo, te imaginas haciéndolo. Este tipo de universo ha sido tan explotado en los últimos años que parece imposible que alguien se pueda sacar de la manga algo diferente. Hemos visto enfermedades que amenazan con extinguir la raza humana, revoluciones con sponsor publicitarios y sociedades estructuradas en sistemas de castas inverosímiles donde el control mental, los experimentos macabros y los seres de otro planeta son posibles. Con todo esto, ¿cómo nos podía sorprender Neal Shusterman? El autor quiso intentarlo pero no se la jugó mucho: escogió algunos temas polémicos en voga, como el aborto o el fanatismo religioso, para exagerarlos y encajarlos otra vez, un poco apretaditos, en el mundo del que habían salido.

Según las opiniones que circulan por ahí este libro promete una historia cruda y original con personajes reales, críticas políticas y sociales abordadas sin pelos en la lengua, acción trepidante y unas cuantas exageraciones más. Aunque es cierto que el argumento invita a reflexionar, para mí Shusterman se ha quedado a medias. Quizás estamos tan sobresaturados de novelas distópicas que vemos cualquier pequeña variación dentro del argumento típico como una muestra de originalidad incalculable. Aunque también puede ser, lo más probable, que después de tanta comida de oreja la influencia de las masas ya nos llegue directa al cerebro.

Sinopsis

¿Qué harías si decidieran desconectarte? Connor, Risa y Lev tal vez consigan escapar..., pero ¿sobrevivirán? Tres vidas distintas. Una ley implacable. Un único final. Solo si llegan a los dieciocho podrán evitarlo. La Segunda Guerra Civil de Estados Unidos, también conocida como «Guerra Interna», fue un conflicto prolongado y sangriento que concluyó con una resolución escalofriante: la vida humana se considerará inviolable desde el momento de la concepción hasta que el niño cumpla los trece años, entre los trece y los dieciocho años de edad, sin embargo, los padres pueden decidir «abortar» a su hijo de modo retroactivo... con la condición de que el hijo, desde un punto de vista técnico, no muera. Al proceso por el cual se acaba con él al mismo tiempo que se le conserva con vida se le llama «desconexión». Actualmente, la desconexión es una práctica frecuente y socialmente aceptada.



Neal Shusterman era un señor que hasta hace unos años pues ni fú ni fá, lo conocían allí en su USA natal y poco más. En 2006 empezó a sonar algo en España con la publicación de Everlost, la primera parte de una trilogía homónima ambientada en un mundo imaginario donde todo lo que se olvida puede ser posible. Al año siguiente llegó Desconexión (2007), que resultó ser miembro de una familia numerosa. En este aspecto he de reconocer que la obra sí resulta original, ya que contra todo pronóstico no se trata de una trilogía ... ¡sino de una cuatrilogía! A la novela le siguieron sus hermanas Reconexión (2012), Inconexión (2013) y Conexión (2014). 




Reseña
Neal Shusterman no da demasiados detalles acerca del mundo en el que está ambientada Desconexión, aunque a priori resulta muy similar al que nos ha tocado vivir. Esta historia está situada en algún punto tras la Segunda Guerra Civil de los Estados Unidos, que enfrentó a los ejércitos pro-vida y pro-aborto concluyendo con la aprobación del Tratado Vital. Este conjunto de emiendas inhabilita la práctica de lo que ahora entendemos por aborto a cambio de una solución alternativa: entre los 13 y los 18 años es posible desconectar a cualquier chaval toca narices. Hasta casi el final del libro no se explica en qué consiste esta práctica, que es algo así como un desmembramiento en vida. Las partes del desconectado en cuestión pueden ser usadas a posteriori por cualquiera que necesite un brazo, una pierna, una cabeza o un par de ojos nuevos. 

La narración alterna los puntos de vista de los tres personajes principales, que aviso están muy pero que muy estereotipados. Por un lado está Connor, el adolescente por excelencia, un chico malote de 16 años con ideales de héroe, al que su familia decide desconectar por pasarse de chulo. Luego tenemos a Risa, guapa, lista, buena, y con muchos etcétera detrás; se crió en una Casa de Acogida Estatal (CAES cuando da pereza escribir) donde ya no la pueden, o quieren, mantener y la envían directa a la cosechadora. El último en discordia es Lev, un crío pedante de 13 años que se presenta voluntario a la desconexión como diezmo; su familia es practicante hasta la médula y el niño tiene el cerebro tan lavado que no opone resistencia, es su destino y lo acepta con orgullo. 

Connor se intenta fugar en cuanto se entera de que le van a desconectar, así que hace la maleta y seduce a un camionero para que lo lleve lejos, muy lejos, todo lo lejos que puedan ir las 16 ruedas de su camión … pero cuando todo parece que va a salir bien, plas, los de la Brigada Juvenil lo interceptan en medio de la carretera. El chaval está tan nervioso que se tira encima de un coche, a lo loco, y saca de dentro a un crío, que resulta ser Lev, para usarlo como escudo humano. Todos se llevan las manos a la cabeza (ay, que miedo, ay que loco está este desconectable), pero el que más las levanta es el conductor de un autobús que pasaba por ahí, que acaba estrellándose contra un buen árbol. El autobús siniestrado es justamente el que lleva a Risa a la cosechadora y esta, que es buena pero no tonta, aprovecha el momento y echa a correr  como el primer día de rebajas hasta el bosque; pies para que os quiero. Connor que ya se da cuenta de que con lo esmirriado que es Lev no da para parar muchas balas, la sigue con el pobre diezmo bien enganchado del brazo.

Así, los tres protagonistas acaban juntos paseando por el bosque. Lev va a regañadientes porque él es un diezmo auténtico, de los que quieren de verdad a dios, y queda muy feo que le vean con esos malvados ASP (Ausente Sin Permiso o vamos, tránsfuga de la desconexión). Aguanta el tipo como un campeón, quejándose sólo por lo bajini hasta que encuentra una buena oportunidad para chivarse a la brigada juvenil. Ahí se vuelve a montar otra, hay muchos gritos, mucha tragedia y tal, pero la cosa no es muy gorda porque unas cuantas páginas mas adelante los tres personajes se vuelven a reunir y aquí no ha pasado nada. 

Y ya está, básicamente es todo lo que ocurre en la novela, quitando las peleas de Connor con cualquiera de los personajes secundarios, la historia de amor que sí pero no y al final sí, y la transformación de Lev malo a Lev peor.



A ver no os asustéis, le he puesto dos calaveritas a la lectura porque no he encontrado el icono de una, y es que, efectivamente, como habréis estado sospechando el libro no me ha gustado; después de leer las críticas me esperaba bastante más. Algo más crudo, con más acción ... algo más entretenido. Sí que considero que el autor trata temas interesantes, y hay pequeños fragmentos en los que parece que la cosa va en serio, pero sólo lo parece. En mi opinión esta serie de novelas no merece para nada el bombo que se le ha dado, aunque tampoco es que sea la lacra de las distopías, he leído cosas peores. Os la recomiendo si ya no se os ocurren más libros con los que adornar la estantería.

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